¿Y ahora, quién revive a mis muertos?

Es por demás fácil buscar culpables cuando la muerte, jadeante y risueña, merodea la esquina y la sentimos respirar levemente en nuestra nuca. Cuando los cuerpos de las nueve personas, inocentes (con el único propósito de conocer y divisar el paisaje imponente que contrae el cerro San Cristóbal), yacen inertes en una oscura y solitaria morgue de la capital. Mientras que los municipios (tan propio de ellos) ansiosos bajo su nefasto poder, se siguen (y seguirán) tirando la pelota y develando secretos para hundir el uno al otro, y mientras que los familiares afectados por este terrible, terrible suceso, deben estarse preguntando en este momento exacto, lo mismo que yo con gran pena y resignación: ¿y ahora, señores, quién revive a mis muertos?

Un bus con más de cincuenta pasajeros, apretados como se aprecia en el video de seguridad, cuando lo permitido era menos de treinta calla la boca y termina siendo legal con los, poco más de tres mil soles mensuales que Green Bus, el consorcio dueño de esta franquicia de modernos, equipados y muy verdes buses, pagaba a la Municipalidad del Rímac por motivo de licencia, para también ¿por qué no?, ‘caer bien y colaborar a la causa con una coima apetecible que permita cegar al resto’, mientras que ésta, fiel a su estilo, sigue peloteando el ‘pequeño problema mecánico’ a la Municipalidad de Lima, que tampoco, digamos, es la mejor asesora en temas de este calibre.

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Es hasta cierto punto, digno de admiración, el poder observar (y afirmar con bases y fundamentos nada tácitos) cómo nos encontramos, cómo vivimos y cómo fraternizamos con un país sobre un entorno comodón y lleno de vivezas; donde el más ‘pendejerete’ es el que triunfa, donde el menos fuerte es el que llora, el que no mama. Donde por un par de miles de soles puede lucrarse con la seguridad de personas, las que su único pecado, es, fue y será, ver, ¿quién sabe?, ver por primera vez el gran y mítico cerro San Cristóbal y poder regresar sanos y salvos a sus hogares para así, contarles con premura y desfachatez, su aventura en Lima, la gris.

¿Existen, entonces, responsables?, ¿dónde están que nos los veo?, ¿hay alguien que acepte el error en lugar de volverse ciego y jugar al ping-pong con una venda en los ojos y una mordaza en los labios? ¿Algún responsable que ose levantar la mano? No. No veo ninguno, y perderé las esperanzas de verlo alguna vez.

Como de costumbre, no hay (ni habrá) sentencia para el verdadero culpable, porque sí, hablemos claro, en este caso no hay responsables, hay culpables, dejémonos de caretas, es tan culpable Goytzon Bravo Tocas, chofer de Green Bus por manejar de la manera tan imprudente como lo hizo (y más si se tratase de una curva cerrada), como quien otorgó el permiso para que esta empresa funcione sin la debida supervisión.

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Vemos siempre el panorama superficial, nunca identificamos lo que hay dentro, la verdadera idea, el insight. Nos conformamos y alegramos con que juzguen a quien manejaba el bus, sin darnos cuenta que mañana aparecerá otro y entonces, ocurrirá lo mismo y se volverá un círculo vicioso el que nadie, nunca y aunque quiera, podrá detener. El problema se corta de raíz, pero lastimosamente en este país, no sólo nos faltan hachas, nos faltan cazadores.

“¿Y ahora, entonces, quién me revive a mis muertos?” Nadie, señora. Nadie señor; lo acompaño en su dolor, pero déjeme decirle que nadie los podrá revivir, porque vivimos en una sociedad donde el mejor es el más corrupto, donde las personas seguirán muriendo por tres mil soles mensuales, y donde no habrá nunca respeto por lo más importante: la vida; que, cuando aprendamos a valorarla en otro pellejo, empezaremos, recién, a vivir a pleno, gozando al fin de la nuestra.

Luis Alberto GutiérrezAutor: Luis Alberto Gutiérrez Escritor y columnista. Novelista. Comunicador.
25 años
Blogger
Descripción en dos palabras: Literatura y Cultura
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