Carta a ti, campeón

Te cuento, Jonathan, que era de noche y que todos te veían, ¡te idolatraban! Todos estábamos orgullosos y ansiosos por verte pelear por fin. La algarabía y el clímax llegaron al escuchar tu nombre mal pronunciado en inglés. Al ver tu rostro, plagado de furia y de ganas por dar el primer punch. Por ver el nombre del Perú en las pantallas de la televisión internacional una vez más. Por ver las banderas peruanas agitarse junto a las más fuertes potencias del mundo.

Quizá, en sus casas habrían comprado canchita para disfrutar tu victoria. Cigarros y café para disfrutar la velada. Yo te veía ya casi sin uñas luego de habérmelas arrancado todas por los nervios completos que mi cuerpo procesaba y experimentaba mientras calentaba las manos frotándolas con el vaho caliente de mi aliento.

Todos te observábamos tan valiente y orgulloso mirar a ese mexicano que hablaba más americano que el tío Sam, que cuando diste el primer golpe (que te valió una raya de sangre en la cabeza) y tumbaste al púgil rival centroamericano, nos alegramos al tope y brinqué, aplaudí y grité de felicidad. Seguías golpeando, eras una máquina, un animal que persigue a su presa. Peleabas con pasión, con vigor, con seriedad. Seguías adelante y una luz animaba mi alma y junto a la mía, la de toda una nación orgullosa al ser testigos de la evolución de tu carrera, la evolución de tu semblante. La madurez con la que tu rostro duro y tus músculos cuajados elevaban los brotes de positivismo bruto y de emoción eterna.

Intuí que ganarías gracias a los tenaces golpes con los que sostenías los rounds. –Una victoria más para Jonathan –pensaba. –Una victoria más para el Perú –y una risa invadía mi boca y la mueca de satisfacción con la que mi cerebro trabajaba al más de mil por ciento no podía ser mucho más placentera.

Cursaba el minuto y medio del segundo round y bajaste la guardia en un amague inteligente e ingenioso de Beltrán -perspicazmente, yo soñaba con tu pronto despegue – cuando un izquierdazo fulminante del mexicano entre el ojo izquierdo, la nariz y tu boca, apagó las ansias de miles de compatriotas cerrando el sueño de la gran noche en la gran manzana anglosajona. Fue un balde de agua helada. Una sensación que no estaba dentro de mis planes. Toqué fuertemente mi cabeza, pero ya era demasiado tarde. No te movías y hacías ademanes escalofriantes. Tuve miedo, pensé lo peor.

Cuando caíste a la lona para no levantarte más, no pude contener las lágrimas que cayeron como por arte de magia. Cuando vi la reacción de tus nervios al paralizar tu cuerpo entero y hacerte hacer gestos por inercia, tuve una sucesión de impotencia y tristeza que no encuentran consuelo; sentí dolor por el golpe que recibiste; me dolió el rostro al verte en aquella camilla naranja envuelto en el collarín blanco que tuvieron, por emergencia, que colocarte. Ray Beltrán celebrara mientras tú descansabas sobre la lona. No era justo, realmente, no lo era. La vida no es justa y parece que en el box, tampoco es la excepción.

Me emocionaron hasta tal punto las ganas que tuviste de querer levantarte al verte recostado ante la vista de todos. Caído. Pensé en lo importante que era aquella noche para ti y en las millones de lágrimas que debiste haber botado luego en el camarín, a solas, a oscuras, y en los golpes de intranquilidad que trastabillan y enigmatizan tu cerebro -y lo seguirán haciendo –hasta encontrar un nuevo recurso de tranquilidad y sentir un nuevo amanecer con los cálidos rayos del sol.

Los más grandes saben de derrotas. Y tú, tú sabrás de las tuyas.

Deseo, con inmensidad, verte salir airoso nuevamente sobre algún ring con aquella sonrisa innata que jamás debe ser borrada. Que nada te detenga. Porque tus metas se cumplirán y dentro de poco, estoy seguro, volveremos a saltar inflando el pecho de aire y alegría al ver tu nombre en lo alto, más alto de la brecha mundial.

Pero sé, “batería seria”, que te levantarás y tendrás tu revancha. Tú eres de esa raza. Tú, que eres el más bravo de los bravos. Sé que seguirás en la lucha y que este fue sólo un traspié, uno que quedará en tu memoria, pero que te afirmo y señalo con seguridad, te enseñará más de una cosa. Apréndela, aprovéchala. Es de grandes caer. Es de grandes seguir en pie.

Sé que trabajarás duro (mucho más duro) por los “yunaites” y que va a llegarte esa alegría que tanto estás buscando. Sé que volverás al Madison Square Garden y que volveremos a prender nuestros televisores esperando con recelo la hora y volveremos a gritar por ti y orgullosos de tus logros nos llenaremos de lágrimas, pero esta vez de felicidad, al verte ganador, levantando el título del cinturón mundial. Con los brazos mirando el cielo, y tu cabeza erguida, siempre erguida destilando prepotencia, fuerza y coraje, como a tanto nos tienes acostumbrado.

4096211jpg

A ganar, campeón. Que el futuro es ahora, y que lleva tu nombre impregnado en él. A ganar que para eso naciste, y para eso habrás de vivir.

A ganar, campeón. Una, y mil veces más.

Luis Alberto GutiérrezAutor: Luis Alberto Gutiérrez Escritor y columnista. Novelista. Comunicador.
25 años
Blogger
Descripción en dos palabras: Literatura y Cultura
Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

Crea un blog o un sitio web gratuitos con WordPress.com.

Subir ↑

A %d blogueros les gusta esto: