Alberto Fujimori: un nombre para disolver

Corría la noche del cinco de abril de mil novecientos noventa y dos y el dial del televisor nos mostraba la primera (y peor) plana de Alberto Fujimori; que posaba junto a un vasito con agua y una fría mirada intimidante y nos escupía en la cara haciéndonos entender que la democracia y libertad que conocíamos, terminaba. Él la terminaba. Dándole paso a una terrible y putrefacta dictadura, que nos llevaría a recordar, veinticinco años después, la peor y nefasta era de corrupción, en toda la historia del Perú.

Una fecha para recordar y para pelear el no volver a repetirla.

La mezcla de una noche intensa, plagada de dudas y cargada de miedo y de una madrugada llena incertidumbre, desembocaría finalmente en la mañana del seis de abril sobre una Lima gris, fantasmal y tétrica. Ni menos de un alma en la ciudad.

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Las Fuerzas Armadas en las calles al mando del Congreso de la República y el Poder Judicial obedeciendo a un camuflado Vladimiro Montesinos, y la imagen del Decano del Colegio de Abogados del Perú al ser impedido de ingresar a su casa magisterial, fueron algunas de las malditas postales del día siguiente al autogolpe.

Luego, claro, vendría el toque de queda, los ingresos forzados a los medios de comunicación, quebrando toda identidad social, las bombas lacrimógenas a por doquier, el arresto (secuestro) arbitrario a Gustavo Gorriti y algunas muestras más de ‘cariño’ del, en ese momento, pleno dictatorial y marcial que empañaba y violaba nuestra moral constitucional y ejercía violencia soberana sobre nuestros derechos.

Fue un golpe de Estado que no sólo hirió intereses políticos. Demolió la libertad de prensa, insultó la libertad de expresión y nos retrasó (más de lo que ya estábamos) en lugar de colocar al país dentro de una esfera que empezara a arrear y a así ascender. Era difícil, nadie lo niega, pero sabemos también que siempre existe una salida o solución, y que el genocidio lúcido y corrupción generalizada, no son una de ellas.

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No nos engañemos, Alberto Fujimori no derrotó al terrorismo, es un mito que se ha recorrido por años, tejido a ciegas y encargado para que se corra la voz y así influir sobre los amantes del Albertito (¿Martha Chávez, de repente?). No le quitemos, y recordemos, los créditos al Grupo Especial de Inteligencia del Perú (GEIN). ¡Ellos fueron los héroes, ellos derrotaron al terrorismo, ellos se llevaron el arduo trabajo duro en Surquillo al ingresar y saludar a Gonzalo!, Fujimori no sabía nada al respecto e hico muy poco por hacerlo, tanto que cuando se enteró del arresto, mandó al ejército a llevarse a Abimael Guzmán y coger los laureles gratis, recibiendo un ‘no’ sorpresivo y seco por parte de Benedicto Jiménez, el cual no flaqueó y contrarrestó el asedio presidencial. Subirse al coche es muy fácil. Bajarse, es el problema.

¿Entonces, Fujilovers?, ¿qué argumentos tienen para defender el autogolpe?, ¿fue necesario?, ¿fue lo correcto? No. La población quedó sumergida en un desconcierto (más) sin saber dónde ir ni a quién acudir; No, señores, no hay argumento que valga a favor del cinco de abril, por más vago o constructivo que fuese, no lo hay.

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El Perú no necesitaba un dictador, no necesitaba una cuarta espada, no necesitaba un imperio, no necesitaba sucumbir; el país necesitaba estabilidad y reinicio. Entiendo, también, que los detractores dirán que es fácil escribirlo una madrugada, sentado y tibio detrás de un ordenador, y no, no lo es, pero si fueses el líder por encima de los poderes completos de un país, y tuvieses a cargo áreas de áreas de inteligencia y planeamiento, tienes entonces que encontrar la mejor de la mejor solución. La mejor. A menos, claro, que manejes un asesor de mirada coqueta, hábil estratega, muy imaginativo y digno de llamarse ‘doctor’, el cual te compensa por obrar lo más arriesgado, burlándose de millones de personas y haciendo lo mejor que sabe hacer.

Fujimori no encontró la mejor solución, encontró la más fácil y la que peor cola nos traería.

Si finalmente, hay (entonces) alguien que piense u opine lo contrario, lo invito muy cordialmente a conversar y poder hablar al respecto. Quizá y ¿por qué no?, sentados en una turbia y muy oscura, salita del SIN.

Luis Alberto GutiérrezAutor: Luis Alberto Gutiérrez Escritor y columnista. Comunicador.
24 años
Blogger
Descripción en dos palabras: Literatura y Cultura
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