Una patria que nos ahuyenta

Y dijo la voz del sereno:

—Disculpe, señor, la niña no puede patinar en esta zona. Está prohibido.

El señor arqueó las cejas y ladeó la cabeza. Respondió con dureza, pero sin gritar:

—Y ¿por qué no puede patinar mi hija? ¿Qué tiene de malo?

La voz del sereno se tornó más fuerte aún. El tránsito de las siete de la noche alrededor del Parque de Bandera fulguraba entre luces y ruidos de bocinas, como una interminable cadena de eslabones brillantes.

—Lo siento, señor, está prohibido por orden municipal. Usted sabe, los símbolos patrios. El piso se puede dañar.

El piso reflejaba débilmente la silueta de los hombres y las luces parpadeantes de los patines de la niña. Era una circunferencia negra y brillante, reluciente y adornada con perlitas blancas, como un grupo de estrellas en el cielo. En el centro, el asta de la bandera se paraba incólume, todavía nueva luego de la re apertura del parque. A unos metros, una camioneta blanca lucía las luces azules de su sirena, iluminando todo a la redonda.

—Y ¿cree que los patines de mi hija, que son de plástico, van a rayar el piso y malograrlo? —dijo el señor, con las manos en la cintura y casi al borde del grito.

—Así es señor. Por favor, retírese o vaya al parque San Martín, está aquí no más —dijo el sereno, señalando la avenida contigua.

—Ah, mire usted, amable con la invitación. Y, dígame, ¿su camioneta, aparte de botar esa jodida luz azul, no malogra el piso del parque también?

—Así nos han ordenado cuidar el parque, señor.

Más allá, dentro del parque aún, se veía un grupo de personas reunidas en círculo. Por un instante el anillo bullicioso de los carros se desintegró y un sonido como de aire melodioso y profundo llegaba hasta el centro del óvalo. Era un grupo de Sikuris.

—Y a ellos —dijo el señor señalando hacia el grupo musical—¿También los va a botar?

sikuris-1

—Sí, señor, ya son varios días que se les ha dicho que este no es lugar para su música, pero no entienden.

—Pues, bien, señor sereno, mi hija y yo nos iremos, pero no sin antes exigirle algo. Miré usted hacia allá —extendió el brazo completo hacia un costado, sin dejar de mirar directo a los ojos del sereno—.Ese grupo de carros estacionado en la vereda está obstruyendo la ciclovía alrededor del parque, y cada vez que quiero ir en bicicleta a comprar el pan o mi periódico diario, corro el riesgo de ser atropellado por cualquier loco al volante si voy por la pista o atropellar yo mismo a un transeúnte si me meto por la vereda. Y todo porque no puedo ir por mi ciclovía. Así que ahora mismo le exijo que vaya usted y les diga que ahí no pueden estacionarse.

El sereno metió los dos pulgares por entre las mangas de su chaleco y empezó a bambolearse, hasta que dijo por fin:

—Lo siento, señor, pero mi unidad opera solo para el cercado de Lima y esa zona que usted señala pertenece a Pueblo Libre. Quéjese directamente con la municipalidad del distrito.

El hombre se quedó sin habla. Ya no miraba al sereno, sino a su hija, casi llorosa y sin entender nada más que su prohibición para jugar.

El anillo bullicioso volvió a cerrarse y el sonido de los sikuris se perdió entre el viento que llegaba con fuerza. Una voz entrecortada y metálica asomó por el intercomunicador del sereno.

—Gracias por su atención, señor.

Dio la vuelta y se fue.

 

Por: Aarón Alva / Reporteros Infiltra2

Fotografías: —Portal Andina

—Aarón Alva

 

 

 

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