“Mi proyecto es ser mejor lector”

Recién llegada a Colombia, hojeé un libro de Cultura Medellín y me topé con el nombre de Andrés Delgado, quien es ganador de la Beca a la Creación Artística y Cultural Medellín 2011, otorgado por la alcaldía. Pero no fue eso lo que me llamó la atención, sino como, a través de este premio, Andrés pasó de ser un ingeniero ―no muy contento— a un escritor publicado y promotor de lectura. Y me hice la gran pregunta: ¿Cómo a partir de un incentivo estatal, una persona puede vivir haciendo lo que más le hace feliz?

Andrés me recibe en su lugar de trabajo: la sala de literatura del Parque Biblioteca Presbítero José Luis Arroyave San Javier. Me mira, sonríe y bombardea de preguntas: ¿Qué hago por estos lares? ¿A dónde voy?… ¡Pa’ qué! Dándose a notar, sin querer, que él también es periodista del periódico Universo Centro. Pero, sobre todo, me doy cuenta ―y me gusta— de lo rico que es entrevistarlo en un espacio donde conviven los libros y la conversación. Más allá, en los muebles, un grupo de extranjeros hace un cuentacuentos a viva voz.

¿A QUÉ SABE LA VERDAD EN EL PERIODISMO Y LA LITERATURA?

Tú, en una entrevista al diario El Mundo, dijiste que en la literatura se debe decir la verdad y en el periodismo es lícito recurrir a la mentira. ¿No era al revés?

La categoría de “¿Qué es la verdad?” es muy amplia. Lo que yo creo es que la literatura es parte del arte, y como arte apela al sentido más profundo de cada ser humano, en este caso del artista. Si primero ves la manifestación de una persona en particular, que después se vuelve masiva, creo que esa sí es una verdad porque afecta al artista. Es algo que no se puede alegar, pero que es la verdad.

Para el periodismo podría ser el hecho.

Y aun así el hecho es diferente para todos. Te lo voy a poner de esta manera:

(Andrés coge mi botella de agua y la pone en el medio de la mesa entre nosotros).

Esta botella es un hecho concreto, parece que es lo mismo, pero no. Esta es una realidad que compartimos. La diferencia es la distancia de nuestras posiciones. Es el mismo objeto, pero yo estoy viendo un logo de Coca-Cola y por este lado tiene una nube que dice: “Consuelo le está haciendo una entrevista a Andrés”. Tú (desde mi posición) no tienes forma de manipular el hecho. ¿Ves el aviso que dice: Consuelo está haciendo una entrevista?

No (risas).

A lo que voy es que el periodismo tiene una gran trampa: quiere decir la verdad, y eso está muy sobrevalorado desde las escuelas. Yo creo que se debe suprimir el concepto de objetividad porque no existe.

Pero se pretende, si no haríamos literatura.

Vale, se pretende, por eso el periodismo no es la verdad, la pretende pero no llega. En cambio el arte lo asume, lo vive. Por ejemplo, si yo te digo: “esta mañana estaba muy triste”, es una verdad para mí. Nadie la podría refutar. Entonces, en ese sentido, el arte apela a la verdad porque es una verdad individual. En la medida que es individual es una verdad yoísta, subjetiva, pero una verdad para ese sujeto.

Ahora, ¿qué pasa con el periodismo? No apela al individuo, sino a la sociedad. Entonces, ese es el juego y esa es la mentira. Porque en la medida que lo diga todos lo creerán, además que es su deber decirlo.

La verdad es la base del periodismo, así como la justicia del derecho.

Ahí está, excelente.

Pero en el periodismo se trata llegar a ella.

Y fíjate que eso es muy bonito, se acerca a la verdad, pero desde ese punto de vista es mucho más radical, ya que al querer presentar un hecho, tiende a ser gran mentiroso.

Todo depende del ángulo con el que se mire el hecho.

Es que hay un tema muy importante: el editor, el dueño del medio, los intereses…

Y por eso me salí de ese gremio (reímos).

Ves, por eso eres de mi raza, de los rebeldes. También puedes optar por ir a un medio independiente. Hay que tener cuidado donde se dicen estas cosas, porque en los medios tradicionales todas estas opiniones crean aristas. Hay alergias, y hay que saber enfrentarlas.

LO SERIO

¿Qué tanto significó el incentivo de la alcaldía de Medellín en tu vida?

El premio fue una bisagra que partió mi vida en dos. Un salto al vacío con paracaídas, porque yo ya tenía una vida de ingeniero de producción (industrial). El premio significó poder comenzar otra vida, hacer currículum como humanista y ya no como ingeniero. Yo lo tomé de manera muy seria. Para mí era una apuesta de vida.

Fue demasiado importante…

Sí, porque el premio es muy generoso. La alcaldía de Medellín hace un gran trabajo con las becas. Hay un gran estímulo artístico, pues tiene un aprovechamiento.

¿Cómo era tu vida antes del premio?

Estaba en los límites de mi vida. Tengo dos hijas y no quería trabajar como ingeniero. El dinero me alcanzaba para subsistir 30 días, y de ahí en adelante lo único que tenía seguro era la incertidumbre. Yo sabía que tenía que ganar y gané. Esto significó poder sacar la cabeza del agua. Respirar y dedicarme a escribir.

El reto venía después: producir toda la novela.

Yo ya la tenía planificada, y fueron seis meses de escritura salvaje: dedicado totalmente. Vivía solo y era una temporada de mucho nerviosismo, paranoia emoción; muy intenso. La necesidad de sacar lo que tenía no me dejaba dormir, y después de escribir, la necesidad de editarla. Yo no sé cuántas veces la escribí, y la plata tenía que durarme. En ese entonces, yo tenía una dosis de dinero diaria. Recuerdo que compraba un almuerzo a mediodía. El almuerzo consistía en un seco, una sopa y una mazamorra. En el restaurante, me comía el seco; la mazamorra y la sopa me las llevaba para la cena.

Qué manera la tuya de hacer esto tan metódicamente.

Y sí… Yo he sido autodidacta. Creo en la formación personal, en las obsesiones de cada uno. Que aprendemos más cuando uno solito se acerca a lo que le interesa.

¿Y cómo de ingeniero pasaste a ser un gestor de lectura?

Mira, yo siempre he tenido a la literatura corriendo por mis venas y he sido un humanista siempre ―en el sentido del humanista clásico: de conocer la vida de los matemáticos, poetas, filósofos—. Yo creía en eso: el lenguaje de las matemáticas, las ciencias exactas. Ese conocimiento lo quería como entrenamiento mental, no como profesión.

Pero ejerciste como tal.

Así es, el título, te marca, te limita. Yo ya empiezo a generar contactos, una hoja de vida diferente. El premio me pone en el mapa, donde están los escritores, los periodistas. Yo ya había escrito la novela, pero seguía haciendo las crónicas en Universo Centro.

¿Cómo así diste el salto?

Mandé la hoja de vida, me llamaron después de mucho tiempo y me hicieron una entrevista. Fue muy torturante porque yo nunca había hecho nada relacionado con la cultura. Entonces, me sentí en un terreno muy farragoso, pero hubo algo en mí que les dije y les gustó. Sin embargo, el mayor mérito lo tienen las personas que me entrevistaron y aceptaron que sea el nuevo gestor de lectura.

¿Qué es el Sistema de Bibliotecas de Medellín para ti?

Una gran iniciativa. Una apuesta muy arriesgada, pero necesaria para hacer bibliotecas públicas en las periferias, en los barrios populares, de estratos bajos. Para también, acercar a la población la cultura, el cine, el teatro, con la parte recreativa de los niños. Tener presencia en la mayor cantidad de comunas; que la gente sienta que las bibliotecas son parte de su cotidianidad.

Tiene una gran significado.

Sí, y no solo es el préstamo de libros, que es lo clásico y tradicional, sino los programas de promoción de lectura desde la primera infancia, los clubes de lectura. Es la apropiación del espacio alrededor de todo eso. Los cursos, los grupos de música. La biblioteca es un sitio muy vivo. No es como las bibliotecas de la universidad, que representan el espacio de la intelectualidad. Eso no funcionaría en sitios populares. Aquí no hay silencios.

Tú llegaste a disfrutar del Sistema de Bibliotecas.

Yo era un usuario de la Biblioteca Pública Piloto. Era un ratón de biblioteca. Estudiando ingeniería perdí muchas materias por leer los clásicos. Perdía el curso de diferenciales por estar leyendo a Cortázar o perdía álgebra lineal por leer cuentos. Todavía tengo una sanción ahí. (risas).

Entonces tú eres una buena consecuencia de un sistema bien implementado.

Creo que yo no he sido un producto directo. Era usuario de la Piloto, pero antes fui voluntario de esa misma biblioteca después del colegio. Ahí aprendí lo más básico: las catalogaciones del Dewey. Pero la verdad estaba ahí porque me seducía mucho el olor de los libros. Me fascinaba. En ese entonces, tenía una novia y nos dábamos besos entre los libros de literatura escondiéndonos del bibliotecario. Eso es algo que les aconsejo a todos (nos reímos).

Pero no solo porque he estado cerca de los libros, sino porque además como escritor, el público que me ha leído ha sido usuario de la biblioteca. Y eso tiene que ver porque mis lectores han sido preparados por el espacio. Creo que sí he sido un producto, en el sentido de que las bibliotecas han sensibilizado a los lectores, les han mostrado mis libros y mis notas del periódico donde colaboro.

¿Qué escribe ahora, Andrés?

(Piensa, cavila, rumea) Lo tengo en las tripas. Mi primer proyecto es ser mejor lector. Es más importante aprender a leer que aprender a escribir.

¿Por qué?

Leer es mil veces mejor que escribir. Escribir es un duelo a perder, te pones una armadura y vas a combate contra una trinchera con ametralladoras calibre punto 60. Escribir es saber que vas a perder, que vas a morir, pero aun así vas al combate. Escribir bien es un parto doloroso. En cambio leer es una dicha, es el cielo. Puede que te dé unas cachetaditas, te hace un poco más consciente, pero te enfrentas al producto terminado: hermoso y genial.

Entonces, escribir es para mártires, para los kamikazes.

¿Qué más le hacemos? escribimos porque no queda de otra. No hay otra manera de sobrevivir. Es como respirar, como comer. Entonces, si ya no queda otra. Para escribir algo medianamente bien, hay que leer mucho; leer para aprender, para tener criterio, para saber qué es bueno y qué es malo. 

¿Para hacernos libres?

Pues, honestamente a mí me ha hecho esclavo de la lectura.

Me dijiste mi primer proyecto, ¿hay un segundo?

Estoy trabajando en una colección de cuentos infantiles donde se habla de esas primeras experiencias: cuando el niño se enamora de la profe, cuando está obsesionado con la vecina, pero ella está enamorada de un muchacho diez años mayor que uno y la vida es injusta. Ellas siempre están enamoradas de uno más grande, más platudo, bonito. En cambio uno lee libros, es ciego y barrigón. (risas).

¿Ya tiene nombre ese libro?

Se llamará Poderes de amor. Y son los poderes que tienen los niños para enamorar y desenamorar.

Son crueles también los niños.

Es un libro para niños y jóvenes. Como para pequeños y adolescentes.

Un libro infantil es para todos.

Claro, Mafalda no es para niños, o leer a Michael Ende no es solo juvenil, sino para todos.

Entonces ahora estás dedicado al libro infantil.

También estoy trabajando con una novela llamada Prófuga, que es para muchachos de veinte, y que trata de una chica que está en los primeros años de universidad, muy vivaz, coqueta, que enamora a su profesor y ella es víctima de ese amor. Y hay otro libro que se llama: Beso en Panamá. Es una novela negra de un chico de Medellín metido en temas de bandas y delincuencias. Esa historia sí es pesada.

La entrevista termina y Andrés me invita al taller de escritura de los viernes; lo miro dudosa. Se ríe y me dice: “No pasa nada, la verdad es que nos ponemos a conversar del tema que se nos ocurra y de ahí va fluyendo la literatura, el cine y todo lo que se nos venga”. Le sonrío y me quedo ese viernes, y regreso todos los que siguen.

Por Consuelo Solís R.

 

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